diumenge 12 de maig de 2013

Cuando estés preparada

Imagen http://es.123rf.com



Ayer soñé que tomaba una cerveza contigo. Llevabas la misma camiseta amarilla y blanca, sin mangas y ceñida al cuerpo, y los tejanos gris oscuro del dia en que te conocí. ¿Recuerdas? Aquel día fuimos las únicas asistentes a una conferencia en una universidad perdida a las afueras de Barcelona. El autor no supo si echarse a reír o a llorar cuando vio que sólo éramos dos y que, para acabar de arreglarlo, ninguna de nosotras había leído su libro. Sólo habíamos ido allí a ver de qué iba, a saber algo más, antes de decidir si queríamos comprarlo o no. 

Decía que ayer soñé contigo. Hablamos mucho, no recuerdo exactamente de qué. Seguramente porque las palabras no debían de ser lo realmente importante. Algo así como la última canción de Selena Gómez, que por fin se nos ha hecho mayor. Fuera del estribillo, no logro retener el resto de la letra y, sin embargo, el mensaje me llega, alto y claro.




diumenge 5 de maig de 2013

No voy a ponerme sentimental









Pienso en el día que la atropellaron,
y cómo bajaste corriendo las escaleras
a la velocidad de la luz sin saber
si tu hija estaba viva.
Cómo le cogías la mano,
tú con la bata azul
y en zapatillas
y ella haciéndose la dura
no te quedes en urgencias,
estoy bien, 
tú tranquila.


Pienso en el día que la abandonaron
y cómo la abrazaste sin palabras
a la velocidad de la luz sin saber
si tu hija se moría.
Cómo le cogías la mano
tú con la bata azul
y en zapatillas
y ella se hacía la dura
no te quedes ahí despierta,
estoy bien,
tú tranquila.


No lo dirás pero a veces
pensaste que pariste un Alien,
un bicho extraño que ni siquiera
te traía un cadáver para decirte,
a su modo rudo y salvaje,
cosas bonitas.

Ella no lo dirá pero a veces
quisiera viajar cien kilómetros
a la velocidad de la luz y decirte
que no hay en su corazón
mujer más bella que tú,
madre,
en bata y zapatillas.

diumenge 28 d’abril de 2013

Noche de lentejuelas, copla y ternura en O'Barquiño


El transformista Antonio de Linares, antes de salir al escenario/

A medio camino entre el vaso y los labios de rojo clavel, Helena de las Mercedes deja en suspenso el melindro mojado en horchata, me clava el rejón de sus ojos negros y afirma, categórica: Se acabó. Tú te vienes con nosotras al O'Barquiño. Moja de nuevo el melindro en la horchata con tal ímpetu que salpica un poco la mesa. Me dice que se alegra de que yo haya abandonado mi voluntario encierro y esté quedando otra vez con amigas a la que no veía desde hace años; celebra que ya lleve cuatro desvirtualizaciones fantásticas con gente estupenda; vale que estoy descubriendo los placeres de la cocina vegetariana y el té americano de la mano de una aguerrida zaragozana, y que sí, que es mú bonita la biblioteca del Ateneo Barcelonés, que si te quedas un ratito allí te puede dar un subidón a lo síndrome de Stendhal... pero que sigo saliendo en plan niña bien, sólo a la luz del día, y después de vuelta a casita para cenar. 

A su lado, con la camisa negra a rayas plateás, gomina en el pelo negro a la garçon y ojos pardos de gacela, asiente Txus, la de los peines. Abro la boca con la intención de excusarme (la lluvia, los atascos, el cansancio...) pero en vano. Txus da un golpe en la mesa y corta de raíz cualquier posible réplica con un ni se te ocurra decir ná. Ya está bien. Tú siempre tan  fisna, tan intelestuá. Desmelénate un poco, leñe.

Además -apunta Helena, mirándome de refilón- este viernes quizás venga Laia de Ubrique. ¿La poeta? pregunto. La misma. ¡Laia de Ubrique, ni más ni menos, la afamada poeta de larga melena oscura, mirada profunda perfilada en negro y labios rouge Coco Chanel! Acorralada, accedo a quedar con ellas esa noche. Helena sonríe y me indica el dress code: lentejuelas, pestañas postizas y sombra de ojos extreme. De nuevo, antes de que abra la boca, me detiene el dedo admonitorio de Txus:  y no nos digas que no te vas a poner las pestañas postizas porque se te salen disparás las gafas. No puedes ir al O'Barquiño como vas a las presentaciones ésas de poesía femenina catalana. Tú déjanos a nosotras, que vas a estar divina.

Llegamos a Príncipe de Viana hacia las nueve. El espectáculo dura hasta las doce, pero se puede entrar y salir cuando un@ quiera. La planta baja es un bar donde algunos señores de barriga generosa se toman sus cervezas en la barra y miran a otros que juegan a dominó en la mesa del fondo. Pasamos de largo la barra - ¡coño, Manolo, hoy viene gente de categoría!- y subimos al escenario de la primera planta por una escalera estrecha, pero en buen estado.  

La sala está hasta los topes. Los altavoces van haciendo ambiente con canciones tipo Los del Río a todo volumen. La media de edad oscila entre los cuarenta y los sesenta. Observo a una señora rubia de pelo corto sentada cerca de la cortina roja del escenario; lleva sombra de ojos verde y luce un generoso sobrepeso enfundada en un vestido rojo, de tela brillante. Me pregunto si actuará o si forma parte del público, como nosotras. En la mesa de la izquierda, un par de chicos llevan camisa y pantalón, pero los ojos muy pintados, y en la de la derecha un par de mujeres de treinta y pico -jersey negro a topos blancos una, pendientes rojos de gitana la otra- se besan entre risas, felices. Muy cerca, un guapo chico, atlético y de barba negra, habla animadamente con una chica morena y delgada. Lleva un vestido corto negro, sin brillos, pero con el hombro al aire (la chica, no el chico con barba, aunque aquí también sería posible). 

El camarero nos da la mejor mesa para cuatro, en primera fila, y en un momento ya tenemos las cervezas, la tortilla de patatas y los calamares a la romana (¡buenísimos!). Las paredes están llenas de fotografías y carteles. En alguno de ellos aparecen los mismos artistas que actuarán en unos momentos, pero treinta años atrás. Pronto llega Manolo Carrión, presentador y alma mater del espectáculo, con la sonrisa amplia y un tupé ya legendario, dándonos la bienvenida. 


Fotografía de Eva Gutiérrez Pardina (CC BY 3.0)

No hay distancia entre las mesas y el escenario, los artistas pasan rozando al público por entre las mesas. Me gusta. La Caramelos es la primera en actuar. Tiene tres hijas y de día se gana la vida como lampista, pero ciertas noches se pinta los labios de rojo y se viste de faralaes para cantar coplas frente a su público. Tiene gracia y se nota que lo vive a tope. El público corea las canciones, son habituales que se las saben de memoria. Nos unimos a las palmas  y acabamos cantando El polvorete ("Quién pudiera tener la dicha que tiene el gaaaaalloooooo, / el gallo subeeeeee/ echa su polvorete, / ratacatápuchín /  y se sacudeeeeee") . Hay muy buen ambiente, es gente de barrio que tiene ganas de pasarlo bien, de fumarse un purito después de comer los domingos y tomarse unos vinos con Paquita, el Jose, Engracia y la Reme.  


Fotografía de Eva Gutiérrez Pardina (CC BY 3.0)


Van desfilando otros cantantes vestidos al uso clásico (para entendernos: con el traje de ir a misa los domingos), a excepción de uno que aparece con sombrero plateado y camisa de sela azul eléctrico. Tenemos permiso para hacerles todas las fotografías que queramos. Uno de ellos, con traje gris, canta Tu pelo... Nooooo te lo corteeeeeeh mientrah yo vivaaaaaa, que tu pelo tieneeee parte de mi vidaaaaa Que me entieeeeeeerren con tu peeeeeeelo, tu peeeeeeelo, te lo hisieeeeeron con las alas los ángeles del sieeeeeeelo... Aplaudimos a rabiar cada vez que termina con éxito un pasaje difícil. Se le ve emocionado y feliz de contar con un público fiel que se queda en silencio, que casi no come ni le hace fotos para oírlo cantar mejor. 

También actúa un chico joven, alto, atlético, con camisa blanca y tejanos gastados -parece salido de Operación Triunfo-, que canta con entusiasmo uno de los éxitos de Bustamante -Es urgente- . Brillan sus ojos a cada aplauso, mueve con garbo las caderas y se toca el flequillo una y otra vez mientras las señoras lo jaleamos como locas, nos agarramos de los pelos y le gritamos con fuerza "tío bueno" entre el cacareo general. 

Los chicos con los ojos pintados que había visto al llegar y que estaban desaparecidos vuelven, pero vestidos de mujer y con el pelo suelto. Hacen un número muy divertido en plan Pimpinela, se sientan sobre las rodillas del guapo mocetón de barba negra, lo sacan al escenario...

Fotografía de Eva Gutiérrez Pardina (CC BY 3.0)


Una señora canta Rosó, Rosó, y nos pide silencio porque la canción es difícil y he de estar muy atenta. Vive su actuación con tanto entusiasmo, tiene una voz tan bonita, que nos da igual si va un poco por delante o por detrás de la música. Otra vestida de verde canta coplas de Rocío Jurado con una potencia de voz magnífica. La miro y me pregunto si enamoró a alguien con esa voz, cuando era joven. Si tiene trabajo, en estos tiempos que corren, hijos quizás a los que ha pagado estudios y carrera. En O'Barquiño se respira humanidad por los cuatro costados. A estas alturas, con tres cervezas y tres vinos blancos entre pecho y espalda, estamos las cuatro metidas en el ambiente hasta las pestañas. 


Fotografía de Eva Gutiérrez Pardina (CC BY 3.0)


Llega el momento de la estrella de la noche, el transformista Antonio de Linares. Tiene ochenta años y, entre chistes, empieza con su carta de presentación: soy Rocío Jurado de cintura para arriba y Pedro Carrasco de cintura para abajo. Reímos, empieza la música, Antonio lanza su grito de guerra, el público es todo suyo. Canta coplas con una gracia que la quisieran muchas travestis plastificadas de hoy. Las manos le vuelan, taconea y tiembla el suelo -qué energía, qué fuerza aún-, cuenta más chistes, nos reímos de pura ternura. 

Termina el espectáculo entre bises, la Caramelos de nuevo, pero ahora con un traje distinto, la peluca violeta y unas plumas rojas cogidas con pasadores. Me gustan sus pendientes dorados y verdes en forma de rombos, enormes, y los zapatos de tela fucsia brillante que se hace ella misma, o él mismo, qué más da.

Pasan ya de las doce y el espectáculo llega a su fin. Pagamos en la barra 20 euros por cabeza, espectáculo, comida y bebidas todo incluído, y felicitamos a Antonio. Nos vamos las cuatro a por las últimas copas en un bar amigo donde intercambiamos impresiones, besos, risas y alguna que otra confidencia a media luz. Una noche memorable. Decididamente, saldré más por la noche. ¡Arsa!


dijous 18 d’abril de 2013

Vols sentir històries de dones felices? Vine el 22 d'abril a Ca la Dona!


El proper 22 d'abril, a les 19h, a Ca la Dona (carrer Ripoll, 25) , les companyes que hem guanyat el concurs de relats curts I visqueren felices llegirem els nostres relats.

El meu es titula "Xarxes", i comença així: 

La proximitat de la nit va esmorteint la remor dels pocs vehicles que circulen encara per Gran de Gràcia, sis pisos més avall. Davant la pantalla de l’ordinador, sota la tènue escalfor de la làmpada, l’Anna es remou a la cadira i, de cua d’ull, va mirant-se el rellotge de polsera: les vuit i vint-i-dos, vint-i-cinc, trenta. No estarà connectada encara, pensa, i es posa a lloc un ble de cabells rossos que li cauen sobre el front, rebels.

A les vuit i quaranta l’Anna ja no sap què fer-ne, dels seus dits. Intenta distreure’ls escrivint versos, però és debades. Un cop i un altre defugen la ploma i avancen rabent cap al teclat de l’ordinador: frisen per trobar-la. A les nou en punt accedeix a la xarxa, conjura l’encanteri d’una contrasenya i avança líquida fins trencar amb força en el mur de la Laura.
 

A Ca la Dona t'espera la continuació d'aquesta història i moltes més, divertides, atrevides i emocionants! Vine i celebra amb nosaltres "Santa Georgina" amb històries que acaben bé! ;D
 

divendres 12 d’abril de 2013

Eran las 14:50 de un viernes, 12 de abril

Amelia Earhart

Hace años que no la ves. Tienes pensado llevarla a un lugar casi a la altura de su recuerdo, la Brasserie du Gothique. Son las dos y cincuenta minutos del viernes 12 de abril. Pasan cinco minutos de la hora acordada, pero al parecer ella aún no ha llegado. Esperas.

Apoyada en la pared de enfrente, hay una mujer tan hermosa que parece recién salida de un cómic de Ana Miralles. Le cae sobre los ojos un mechón de pelo rizado, castaño y brillante que se escapa, rebelde, de su cola de caballo. Lleva una cazadora de piel marrón claro, con hombreras, ceñida a la cintura y larga hasta media rodilla, que te recuerda a las de las aviadoras del siglo pasado, como  Amelia EarhartElisabeth Sauvy. Bajo la cazadora se adivina una camisa blanca y un chaleco gris. Te gustan sus botines de piel marrón. 

Con la cabeza gacha, concentrada, ella teclea en su móvil. Se detiene un momento y mira alrededor. Ves sus ojos, y te dices que tal vez al principio del mundo, cuando todo era puro, tus ojos también tuvieron ese mismo fulgor azul. Sí, decididamente tiene un aire a alguien. Hace tantos años ya. 

La mujer apoyada en la pared deja de teclear y se guarda el móvil en un bolsillo de la cazadora. Inmediatamente, tú recibes un WhatsApp. 

Hola, estoy aquí. Ya he llegado.


                    

dijous 21 de març de 2013

Tus manos



Llevo casi cinco minutos intentando enhebrar la aguja, y nada. Vuelvo a intentarlo mientras maldigo por enésima vez a la Merkel, la banca y la corruptela de este podrido país, que me obliga a remendarme las medias. 

Nada, que no hay manera. Si mi abuela Teresa pudiera verme, aseguraría categóricamente que alguien está pensando en mí. (Mi abuela también creía que podía leerme el pensamiento si bebía de la misma taza que yo. Me molestaba mucho que lo hiciera, aunque no tanto como el día que la pillé leyéndome el diario. Pero ésa es otra historia). 

Cambio de hilo, cambio de agujas. Inútil.  

Me pongo tan nerviosa que casi lo dejo por imposible. Sin embargo, tú te ofreces a intentarlo y yo, escéptica, te paso aguja e hilo, mientras el arco de mi ceja dibuja un "qué vas a saber tú de esto, pero en fin..."

Me siento a tu lado en el sofá y... cuatro segundos. Cuatro segundos de concentración y tú, hombre al que nunca he visto coger una aguja, lo has logrado. Y aún más: me explicas tu "técnica" mientras vuelves a probarlo y aciertas de nuevo.

Doce años ya, me digo, y aún logras sorprenderme.

Vuelves a la lectura y yo lo pruebo una vez. ¡Voilà, funciona! Estoy a punto de decírtelo, pero me detengo. Compruebo que, concentrado en las noticias, no te has percatado de mi éxito y, cual Penélope, deshago mi obra y te comento, compungida, que no me sale

Y tú, sin quejarte,  una vez más (y otra, y otra), con una sonrisa dejas el periódico sobre las rodillas y te concentras de nuevo para acercar hilo y aguja y  repetir el pequeño milagro del día. Y cada vez (y otra, y otra) yo aprovecho la ocasión para mirarte lento, mientras siento aquí, en el punto exacto donde se unen todas mis hebras, que tus manos me tejen con hilos de todos los colores una bufanda Moebius para el corazón.