divendres 29 de juliol de 2011

Magia contra la impostura - Midnight in Paris, de Woody Allen



Si teméis al cambio, no vayáis a verla. Midnight in Paris es de aquellas películas que, en el clima propicio a la reflexión (como estos días de verano), pueden provocar transformaciones importantes en según qué sujetos. Los soñadores, por ejemplo. L@s aspirantes a artista, sobre todo l@s que han empezado a escribir. Las parejas que - aunque no lo sepan todavía- están a un tris de romperse. Woody Allen nos regala una deliciosa comedia que, bajo su dorado envoltorio (de principio a fin, un puro canto de amor a París), esconde una nada despreciable carga de dinamita. 

La trama contrapone dos mundos opuestos: el  superficial y pseudointelectual de una clase alta americana  preocupada únicamente por la apariencia, la vacuidad, el lujo y las compras (impagable el momento en que, en plena cena en un restaurante de lujo entre la futura novia y sus padres, aparece en la mesa de al lado un comensal  insospechado: un perro) y el de los artistas bohemios, apasionados de la vida y  enamorados de la belleza, que poblaron París durante los dorados años veinte. Pocos como Allen iban a saber mezclar la cantidad justa de admiración e ironía necesarias para darnos su Hemingway, vibrante y apasionado; sus Pablo Picasso y Gertrude Stein discutiendo sobre un retrato femenino, los Fitzgerald devorados por los celos, o su Dalí histriónico, obsesionado con los rinocerontes.

Entre ambos mundos hace equilibrios el protagonista, un guionista de éxito en Hollywood a  punto de casarse con la hija  de una poderosa (y muy conservadora) familia americana. Aparentemente enamorados, la magia de París pondrá a prueba su relación, y obligará al protagonista a  tomar una decisión transcendental sobre su futuro.  La ciudad de la luz vendrá a ser para él la brújula del capitán John Sparrow: aquella que apunta exactamente hacia lo que realmente desea el corazón.
 





Perfecta, desde mi punto de vista, la elección de  Owen Wilson como protagonista: su capacidad para el drama y la comedia, así como las inflexiones de su voz, son ideales para sostener a un personaje in a very perplex situation. Gracias a él, a veces presente y pasado llegan a tocarse, como en las páginas de un diario aparentemente intrascendente de una joven enamoradiza. A veces, también, la melancolía de esos momentos deja paso a la hilaridad, como en el caso del detective contratado por el padre de la novia para vigilarlo, que  se "pierde" en un bucle temporal. Magia al cien por cien.  Midnight in Paris me ha devuelto al Woody Allen genial que perdí en la desastrosa Vicky Cristina Barcelona. Quizás también él se supo perdido entonces, y ha sabido reencontrarse bajo la lluvia, una noche de verano en París. 

Midnight in Paris es mucho más que la postal de una ciudad amada,  el retrato vívido del espíritu de una época dorada o la crítica contra una determinada casta social y política (no mercy con el Tea Party). Allen coloca ante nosotros un espejo que nos revelará si  pertenecemos, sabiéndolo o no, a la peor clase de mentirosos: los impostores de sí mismos. Acaso formemos parte, sin saberlo, de aquell@s que han renunciado a soñar o están a punto de hacerlo; quienes por comodidad, desconocimiento o miedo han preferido la seguridad  y la superficialidad en lugar de arriesgarse a perderlo todo y ser, de veras, felices.

En todas las épocas la vida  ha estado llena de ruido y prisas, confusión y vorágine. Lo estaba en época de Shakespeare, no digamos ya en el tecnificado torbellino de nuestros días.  Es importante saber, en este sentido, que  no necesariamente un tiempo pasado fue mejor, y que la añoranza del pasado puede no ser más que una huida inútil, cuando deberíamos centrar todas nuestras energías en el hoy. El verano es una magnífica ocasión  para detenerse y preguntarse, el corazón en la mano, si estamos viviendo o no en la impostura y, si es así, qué pensamos hacer hoy, ahora, para ponerle remedio antes de que sea demasiado tarde.



dissabte 23 de juliol de 2011

The only good rock star is a dead rock star

                               (Obra del escultor italiano Marco Perego)

En el año dos mil ocho 
se atrevieron a esculpirte
muerta
la cabeza en un charco de sangre
por obra de un revólver homicida.

En el año dos mil once
decidiste
otra vez 
fundirte en negro
(I don't wanna go to rehab
I said no, no, no)

Uniste índice y corazón
pulgar erecto
y te disparaste a conciencia 
veintisiete veces.

Un buitre enorme lleva en el pico
ciento veinte mil dólares
con que pagar la primera fotografía 
de tu cadáver
auténtico.


diumenge 3 de juliol de 2011

Algo viejo y algo nuevo

                                                                                                                                             A Lina M.

                               Fotografía de Eva Gutiérrez Pardina (CC BY 3.0)


Mi abuela paterna me regaló este colgante. Veréis que en su interior se oculta la fotografía de su entonces prometido, vestido con el uniforme que llevó durante el servicio militar. El cometido del rosario era proteger con su contacto al abuelo (él tenía entonces diecinueve años), y  parece que el invento funcionó, aunque sólo por un tiempo. Las pilas del dispositivo de protección divina fallaron más adelante, y un ataque al corazón, quizás un accidente vascular (hace tantos años, quién sabe) se llevó a mi abuelo a la tumba de repente, convirtiendo a mi padre en huérfano a sus nueve años.  Del abuelo me quedaron unas pocas fotografías donde recordar su estampa de galán de cine. Ahora me doy cuenta de que nunca le pregunté a la abuela cómo se conocieron, cuándo empezaron a hablarse... 

Sí conozco la historia de mis abuelos maternos, cuando en medio de la guerra civil él cruzaba las líneas enemigas de noche, montado en una bicicleta, sólo para pasar unas horas hablando con ella en la verja de su habitación. Y cómo después regresaba a su puesto, de nuevo arriesgando la vida, hasta la siguiente puesta de sol...

El margen de libertad de estos amantes era infinitamente más limitado que el nuestro,  pero algun@s encontraron formas de vivir - a su modo- una relación que poco tenía que ver con el estereotipo clásico de castidad a prueba de bomba  hasta la inevitable unión matrimonial por la Iglesia. Por aquel entonces ,como  todavía hoy, la mayoría de relaciones seguían el esquema tradicional heterosexual y "a dos", pero algunas parejas se atrevíeron a ser más valientes respecto de  un concepto fundamental, básico en el mito del amor romántico: el de la posesión del otro. Historias como la de Juani y Eugenio, por ejemplo. Él fue condenado a muerte por su activismo político y, mientras esperaba el cumplimiento de su condena, (tenía veinticuatro años) escribió a su compañera una larga carta de amor que años más tarde fue transcrita y publicada por Lumen bajo el título Querido Eugenio (2003):

Tanto tú como yo teníamos un concepto muy claro del amor entre comunistas. Siempre te consideré en condiciones de igualdad de derechos y actitudes; te respeté como debía tu personalidad humana y comunista. Comprendí que tu entrega a mi cariño era libre, natural, sencilla y llena de valor por no estar limitada por ningún interés, convencionalismo o prejuicio. Era una entrega, pura, sana, completa. Jamás tuve celos en serio. Estaba convencido de tus virtudes morales y sabía que el día que un nuevo cariño nacido en ti se cruzase entre nuestros corazones, tú no me engañarías, no procederías de una manera vulgar, sino que serías lo suficientemente responsable y moral para plantearme lo que hubiera. De otra parte, como yo lo hubiese hecho así, no podía comprender que conmigo se portasen de otra manera. (pp.52-53)

(...)
En tu vida próxima encontrarás muchos buenos compañeros. No renuncies a la posibilidad de que renazca en ti una nueva pasión que llene tu vida como llenó la mía. Y si esto ocurre, sólo os deseo que seas tan dichosa como lo fuiste conmigo. No te pido que me olvides. Demasiado sé que eso no es posible, pero lo que sí quiero es que no te revuelques en el dolor que va a romper tu corazón, que no te aferres de una manera voluptuosa a los recuerdos para matarte poco a poco. Eso no sería digno de ti ni de mí tampoco. Ten en cuenta tu juventud, la prometedora esperanza de una próxima vida, mejor, más alegre; entrégate, pues, a la vida, y sé tan dichosa como te deseo.  (p.58)

Fue ella quien organizó, sin él sospecharlo, su primer encuentro sexual. en la casa de un amigo común. Sesenta años después, Juani lo recuerda con estas palabras: 

La casa estaba fría pero yo no lo notaba y, a las nueve en punto, al oír el timbre, me sobresalté, fui hacia la puerta como un zombi. Nos besamos y, sin poder articular palabra, te cogí de la mano y entramos en la habitación de Luis. Sin preguntarme nada, tu inteligencia te lo dijo. Estaba tan envarada que no me atrevía a hacer nada. Fuiste tú con mimo exquisito quien poco a poco me dejaste como vine al mundo. "¡Eres como te imaginaba, mi vida!" (...) Al fin sentimos las sábanas limpias y enseguida que se unieron nuestros cuerpos todo el ambiente se convirtió en tibio, caliente y apasionado. Si hubiéramos estado en el pico más alto y frío de la tierra, tampoco habríamos sentido ni el aire, ni el granizo. Nosotros éramos el mundo.

Mucho ha cambiado desde estos tímidos avances -en su época, revolucionarios- para desmantelar el mito romántico. Vivimos rodeados de manifiestos queer, relaciones abiertas de dos, de tres, de una pluralidad infinita de posibilidades o, para decirlo en palabras de la transqueer Lille Skvat:

Como considero que hay miles de géneros, tal vez millones, y también que potencialmente me siento atraída por personas de todos los géneros, hablar de mi bisexualidad es un absurdo. En principio podría ser polisexual si muchos géneros me atrajeran y otros no. Pero tampoco es así. Yo creo que todos los géneros me atraen. Y por tanto me identifico a mí misma como pansexual, que es lo que otros llaman omnisexual. 

Y, sin embargo, el mito parece no haber perdido más que un ápice de su fuerza.  La imagen de mi abuelo pedaleando precariamente y a oscuras en campo enemigo por oler los cabellos de mi abuela sigue tocándome con fuerza el corazón. También la historia de Juani y Eugenio, y su carta de amor a las puertas de la muerte. Queremos  romper todo límite, sí, pero al mismo tiempo continuamos deseando que alguien, alguna vez, nos haga  volar sobre la cubierta de Titanic.  Quizá porque estamos en un momento de colisión entre dos formas opuestas de entender el cuerpo, el deseo y lo que se ha venido llamando amor. Tal vez no se trate tanto de acabar con el mito romántico, sino más bien de eliminar sus defectos (posesión, roles establecidos, genitalidad, obligatoriedad de lo reproductivo, homo/bi/transfobia...) y obligarlo a
estirar sus límites
hasta  que englobe lo que actualmente se sitúa en sus márgenes. Para poder volar no sólo sobre el puente del Titanic, sino también sobre un sofá muy pequeño o un edredón en Dinamarca, por ejemplo. Unir lo viejo y lo nuevo, y crear algo distinto que, para variar, no pretenda imponerse como la única opción posible. Sintiendo con toda la intensidad, pero también desde toda la libertad.