Vive en un estado gobernado por políticos incapaces de
concebir otra forma de ahorrar que laminarle la nómina, coserla a impuestos,
fastidiarle el futuro. Cada mañana el telediario le recuerda que, a pesar de tanto recorte, sacrificio y dolor inútil, la
bolsa sigue en caída libre y la prima de riesgo está por las nubes.
Le revienta que la causa de todo ello sea en buena medida
la desidia, la corruptela y la estupidez de unos cuantos. Le rebela que much@s
sufran injustamente y vivan sin saber cómo van a pagar la hipoteca, comprarse
ropa, encontrar trabajo, pagar sus medicamentos, cuidar a sus mayores, dar de
comer decentemente a sus hijos o pagarles la universidad. Le duele que la hayan
convertido en una especie de banco que regala al erario público sueldos
enteros, sin intereses ni posibilidad de devolución, y ver que a pesar de todo
la pandilla de parásitos de siempre continúa –y continuará- chupando a su costa
del bote, porque pertenecen a una casta que se protege y se mima a costa de los
tontitos de abajo: parad@s, pensionistas, funcionari@s, borreg@s en general
de clase media y baja.
Está harta de pagar dos veces por el hecho de vivir en un
territorio determinado, y que la tachen (encima) de insolidaria y egoísta.
Tiene ganas de pedir responsabilidades a todos aquellos que han tenido que ver
con la instauración de este orden de cosas, o a los que, tras permitir que la
rescaten a cambio de dios sabe qué, la toman por idiota y la adoctrinan para
que sea buena, que no se queje, no vaya a convertirse en una protestona irresponsable.
Le gustaría abofetear a la niña pija colocada al frente de un banco por ser
“hija de” y que, interrogada por el desastre financiero de la entidad,
respondió candorosamente que eso no era culpa suya porque ella “no tenía ni
idea de nada”. Ah, estas niñas bien, esas esposas de, enriquecidas gracias a papi
o al yernísimo de turno y que no son juzgadas jamás porque –angelicos- ellas
nunca saben nada. La culpa, claro, es de los técnicos que les hacen firmar
cosas raras. La culpa es siempre de los
de abajo, que pierden derechos y calidad de vida a velocidad de vértigo y que,
a pesar de eso, callan y pagan, porque no saben qué hacer, a quién recurrir,
cómo resistirse a la cantinela que les dice es necesario, no hay más
remedio, lo hacemos por vosotros, aguantad.
Es muy consciente de que tal vez uno de estos días su
entidad bancaria se vaya al carajo y desaparezcan sus ahorros como por arte de
magia, o que le ofrezcan tras el desastre una “solución muy ventajosa”, por la
cual no volverá a ver su dinero hasta dentro de veinte años. Tal vez regrese al
trabajo y le digan que no hace falta que vuelva, que ya no hay presupuesto ni
para pagarle la nómina. Puede que suceda lo que era impensable hace unos años,
y pase de ser currante con contrato fijo a parada o con contrato basura, y de
ahí a nueva pobre hay sólo un paso.
Por todo ello ha decidido dedicarse un autohomenaje y ahorrar
para regalarse un placer privado, una soledad gongorina, un refugio en lugar elevado. Algo así como fumarse con gusto el último pitillo, antes de que
el pelotón la apunte al pecho, cuando todavía puede permitírselo. A cambio
seguirá sin ir al centro de belleza, al cine, al teatro, a exposiciones en los
museos, a las librerías. No pisará una agencia de viajes, ni comerá de nuevo en
restaurantes de gama media-alta. Alargará cuanto pueda la visita a la
peluquera, y no se comprará ropa ni zapatos si no es imprescindible hacerlo, y
remendará tanto como se lo permitan el zapatero y su kit de costura.
De todo ello le duele, sobre todo, perderse el teatro. Cada
función es irrepetible y única, y ya no recuerda cuándo fue por última
vez. La primera no la olvidará nunca:
fue en el Teatro Nacional. Con sus ojos de chica de provincias contempló fascinada
a Laia Marull – Lulú-
descendiendo desde las alturas completamente desnuda en el interior de
una bola del mundo. Laia Marull fue la Belleza esa noche; la Belleza que ha
vuelto a atisbar en contadas ocasiones en la voz y los
gestos de otros buenos actores y actrices. Pero ya no más. El teatro es precioso
para ella, pero se ha convertido en un lujo que no podrá permitirse.
Como estas últimas vacaciones. Hoy vuelve de un paraíso al
que no sabe si podrá regresar jamás, pero que se ha acercado mucho al recuerdo
de un jardín del Edén del que fue expulsada, hace ya tanto tiempo. Durante
cuatro días la han despertado los trinos de los pájaros, el silbido del tren
cremallera, los ladridos de los mastines, el mugido de las vacas a las que ha
saludado, cada mañana, desde el balcón de su habitación. Ha comido y dormido
maravillosamente. Se ha dado duchas de esencias, ha tomado el sol en una
tumbona sobre el césped y ha permanecido en un burbujeante jakuzzi hasta
que la piel de las manos le ha dicho basta. Ha gozado y ha hecho gozar en una
cama amplia y mullida, sin preocuparse lo más mínimo por la prima de riesgo. De hecho, no ha visto el telediario ni un solo día. En su lugar, ha
viajado al mundo del music hall en Londres a finales del diecinueve de
la mano de El lustre de la perla, magnífica novela de Sarah Waters.
Hoy se siente un tanto extraña, de nuevo bombardeada por
las noticias del telediario, mareada en la vorágine de la gran urbe. Sabe lo que ha sucedido en su
ausencia: una comunidad autónoma ya ha caído. Quizás la suya sea la próxima. Pero
acaba de volver del Edén, ése que sus buenas horas de trabajo le costó; el
lugar donde ha revivido el amor por la vida en su dulce, frágil simplicidad. Ha
recordado en su retiro que todo irá bien mientras pueda disfrutar de sus grandes,
pequeños placeres: la escritura, la lectura, el amor y el cuerpo. De pie frente
al televisor, con la insolencia de Nan Rey le dice al mundo que haga lo que le
venga en gana. Come what may, ella seguirá adelante: no les dará el
gusto de robarle, también, la alegría.
Leyéndote me da la impresión de que eres tú quien está leyendo mi pensamiento. Acertadas reflexiones en un momento convulso: la alegría es nuestra, nadie nos la va a robar aunque nos toque escatimar en ciertos gastos; las mejores cosas de la vida siguen siendo gratis.
ResponEliminaUn abrazo.
Ni tampoc podran robar-nos les abraçades. Una per a tu.
ResponEliminaS'haurà de lluitar. No pot ser això.
Ja ho intenten, ja, però no els hem de deixar que ens aixafin del tot.
ResponEliminaHas expresado exactamente lo que siento yo desde hace un par de años.
ResponEliminaMi mejor amiga me dijo lo mismo: No me robarán la alegría!
Quedémonos con ese mantra.